Un relámpago herido




Fue un relámpago herido, un serrano
relámpago en la piel esa corriente
de rumor imantado y sonriente
fertilizada al roce de la mano.

Fuera un error desatenderlo, un vano
tesón no asir esa atadura ardiente,
como si fuese a rechazar de frente
su propio ardor la tierra en el verano.

Fuera en vano evitarlo; quedaría
sobre toda la piel la tostadura
de una llaga solar jamás curada.

Ni tuviese la mano esa alegría
de germen y de afán de sembradura
con que la tuya la dejó quemada.

Elvio Romero






Sanar y ya



Hay una historia acerca del Buda en la que uno de sus estudiantes le hace una pregunta muy especulativa y retórica. El Buda responde con la historia de un hombre que ha sido herido por una flecha envenenada. A continuación el Buda pregunta:

-¿Acaso ese hombre diría: “No permitiré que me saquen la flecha hasta que sepa de qué tribu era el arquero que la disparó, o a qué familia pertenecía, o qué hacía para ganarse la vida, o de qué madera está hecha la flecha?”.

De la misma forma, yo tampoco responderé a aquellos que quieren saber si el universo es finito o infinito, si hay o no hay Dios, u otras cuestiones parecidas.

¿Y qué es lo que enseño? La causa del sufrimiento y el camino para su remedio”.

Gratitud

Un hombre fue a ver a una mujer famosa por su sabiduría y le pidió consejo. Ella dijo:

-Me pase lo que me pase, siempre digo: “Gracias por todo, no tengo motivos de queja”.
El hombre se fue pero regresó algún tiempo después.
-He intentado poner en práctica su consejo, pero no siento ninguna diferencia- dijo.
Ella replicó:
-Gracias por todo, no tengo motivos de queja.
Al oír la respuesta el hombre se iluminó.

Historia Zen.

Volver


Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.

Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor.
La vieja calle donde el eco dijo
tuya es su vida, tuyo es su querer,
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver.
con la frente marchita,
las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada,
errante en las sombras,
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñar.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

Música: Carlos Gardel
Letra: Alfredo Le Pera
1935

apego, ciencia y otras yerbas

Los clones no son otra cosa que gemelos que no tienen la misma edad.
Por lo tanto, crear clones con un objetivo utilitario sería algo tan bárbaro como procrear con el fin de utilizar a los niños como bancos de órganos.
La idea de clonarse para autoperpetuarse no es más que una manifestación ridícula de un yo exacerbado.
Querer clonar a un deportista de élite, a una estrella de cine o al propio perro para tenerlo para siempre a nuestro lado expresa un gesto pueril de apego que no tiene nada que ver con el amor y la bondad.
Debemos aprender a apreciar en su justo valor el potencial extraordinario de la existencia humana.
El mundo es, por naturaleza, efímero, y querer apegarse desesperadamente a la ilusión de una permanencia de las cosas, a un sueño de eternidad, sólo será fuente de frustraciones inútiles.
Por el contrario, estoy de acuerdo con que la investigación sobre la clonación pueda conducir a nuevas técnicas de cultivo de tejidos, incluso de órganos susceptibles de aliviar muchos sufrimientos. ¿Por qué no habríamos de reemplazar el hígado enfermo de una persona por un hígado sano desarrollado a partir de una de sus células?
Lo que provoca miedo no es el progreso de la genética ni de otras ramas de la ciencia, sino las motivaciones confusas e irresponsables que determinan su utilización.

!

Matthieu Ricard

Canto a la libertad

Hacerla nuestra,
permanente y vibrante; diseminada
por el trueno y la lluvia:
frenética en distantes territorios,
en helechos fluviales;
sonora en nuestro pecho, iluminada,
semilla insustituible, espiga virgen.

La libertad no yace como la ven algunos,
ni está herida ni rota,
ni su presencia virgen sangrante como creen.
Nacida con el hombre, a veces demolida
por espadas feroces, por espantos
pero yacente nunca como la quieren manos
de pus y corrompidas.

Linaje presenciado,
nos golpea por dentro de la sangre,
lluvia vertiginosa y ascua ardida,
repetida y eterna.
Fugaz, mas ausente,
palpitante en el alma se nos queda,
y una flor y otra flor no igualan nunca
su estirpe inolvidable.

Roto eslabón rodado,
embestida por manos macilentas
que levantan su cólera, su furia,
su inconsistencia bárbara;
golpeada por traidores,
escupida,
cayendo en la desgracia y enlutada,
aunque a pesar de todo enhiesta en las corolas,
en la imagen tenaz de las arquitecturas,
en todo lo visible y permanente,
y en el rumor de la ola.

Nuestro deber: asirla,
recoger su simiente cuando ondulado pasa
por el amor y el sol de los boscajes,
y se pierde en el viento como un respiro fiero
de fuerza y energía.

Golpeándose nos llega, densa de aurora sobria,
por indomables ráfagas,
en perpetua vigilia.

¡Pasiones!
¡Vestirnos de energía por hacerla
nuestra y definitiva!

Que está en nosotros,
en el sendero abierto de las venas
llamando a presenciarla.

Ella misma lo sabe. Ella misma lo dijo
cuando el hombre nacía:
-Mi sangre por tu sangre.
Mientras yo viva: vives.
Cuando yo muera: mueres.

E. Romero.

Elvio Romero, poeta paraguayo

Presento a Tacaxí

Yo puedo presentaros:
Tacaxí, manchado en lodo,
cincelado con duras herramientas boreales
en la cruda materia del desierto,
retazo de follaje endurecido,
contextura gomosa que ha tallado la selva
con buril de vegetales.

Tacaxí,
de ásperas proporciones, indio de arcilla,
mojado de aceite primitivo
de frutas y de charcas,
semilla programada por el tiempo,
mensajero de rosas ancestrales,
turbulencia estelar,
sorbo de tierra.

Una violencia antigua
le cruza todo el cuerpo de mandioca,
esa puerta entreabierta de los párpados
donde pesa un letargo con cerrajes
de cobre milenario.

Poblado por el viento
-con ese taciturno sigilo de los tigres,
de las bestias nocturnas-,
varón de los senderos aborígenes,
sale de un laberinto complejo de cortezas,
de pesado desorden, de veranos,
de atávicos rituales
o de secos tunares ya longevos.

Tacaxí:
Sensual; enérgico y severo;
Tacaxí:
sorbo de tierra.

II
¿De dónde vino el indio? ¿De dónde su pesado
carbón mordido y negro?
¿De qué maraña amarga su pecho de combate,
su nocturno pedazo de forestal diadema,
su olor a arcilla, a barro,
su reliquia de pobre soledad desgarrada,
su calor cotidiano de quebranto y desvelo?

¿Por qué su mano antigua descubre los secretos
de aquella carretera de sonidos
trazada sobre el mapa del círculo y del cuerpo?
¿Por qué rueda en sus manos con tan vívida
urgencia
la exactitud raída de la flecha?

Tambor nocturno,
cuero de tambores nocturnos:
el Paraguay le enseñaba sus sensibles
lastimaduras de paloma herida,
su agredida intemperie y transparencia,
su asediado ramaje de lapachos
con sombras violentadas,
sus trituradas ramas.

No sólo por el aire,
no sólo por las plantas y raíces
llegaron muertes, crímenes
sino por todo el ancho calor de los caminos
bordeando el aguerrido terraplén de los toldos.

III
Testimonio del tiempo,
vínculo inmemorial, cuero extendido:
moreno Tacaxí,
centinela de edades apagadas,
retazo de oquedad,
greda callada.

Juntó flecha y fusil, tambor y dianas,
superando aquel mito de la sangre
fructiferando engaños,
mayorales, látigos,
y negra pulpa de dolor indígena.

Tocó la fibra popular el indio
cuando llegó a la dura gravedad
combatiente.

Y fue un soldado más por estos campos,
un cuerpo con furor secreto y ávido.

Yo hoy puedo presentaros:
Tacaxí, sorbo de nuestro suelo.