Sacó otro cigarrillo, lo encendió, le dio una calada y lo dejó en el cenicero. Imaginé que se olvidaría de él, y eso fue lo que pasó. Me sorprendió que nunca hubiera provocado un incendio. Ahora comprendía lo que Makimura quiso decir cuando me explicó que vivir con ella había desgastado su vida y su talento. Ame era de esas personas que no daban, no ofrecían. Todo lo contrario: necesitaba ir tomando algo de cada persona que la rodeaba. Sin embargo la gente no podía evitar ser generosa con ella. Y es que su talento tenía una poderosa capacidad de absorción. Y ella se creía con derecho a comportarse así. Armonía y tranquilidad: todo el mundo debía esforzarse para que ella las alcanzara.
Haruki Murakami
Baila, baila, baila.
...los tres elementos que nos componen: cuerpo, palabra y mente. Sogyal Rimpoché Libro tibetano de la vida y de la muerte.
el kambá bolsa (rúveda)
- No patrón; no que me mande
por la noche hasta el piquete
porque sale el Kambá-Bolsa,
y le tengo miedo al duende.
Kambá-Bolsa es un fantasma
que callado se aparece
y a traición por el oscuro
nos asalta de repente;
pone lana en nuestra boca
así nadie grita fuerte
y la sangre de los chicos
chupa toda cuando puede.
Sí patrón: usté lo sabe.
Yo le soy muy obediente
y aunque sea muchachito
mande usté lo que desee,
que yo nunca del trabajo
digo todo lo que duele.
Nunca lloro por la espina
que me clava de repente
no me quejo de la helada,
no me fijo cuando llueve
y las lágrimas me trago
aunque alguno me golpee...
Pero, no que mi patrón:
no me mande hasta el piquete
que escondido en el oscuro
traicionero ronda el duende.
Yo de día me defiendo
aunque fuera con rebenque,
pero en medio de la noche,
ya es la cosa diferente.
Cuando sea mayordomo,
che patrón, y usté me premie
entregándome el revólver
que en su cinto siempre tiene,
con la bala que usté elija
¡yo le mato nikó al duende...!
por la noche hasta el piquete
porque sale el Kambá-Bolsa,
y le tengo miedo al duende.
Kambá-Bolsa es un fantasma
que callado se aparece
y a traición por el oscuro
nos asalta de repente;
pone lana en nuestra boca
así nadie grita fuerte
y la sangre de los chicos
chupa toda cuando puede.
Sí patrón: usté lo sabe.
Yo le soy muy obediente
y aunque sea muchachito
mande usté lo que desee,
que yo nunca del trabajo
digo todo lo que duele.
Nunca lloro por la espina
que me clava de repente
no me quejo de la helada,
no me fijo cuando llueve
y las lágrimas me trago
aunque alguno me golpee...
Pero, no que mi patrón:
no me mande hasta el piquete
que escondido en el oscuro
traicionero ronda el duende.
Yo de día me defiendo
aunque fuera con rebenque,
pero en medio de la noche,
ya es la cosa diferente.
Cuando sea mayordomo,
che patrón, y usté me premie
entregándome el revólver
que en su cinto siempre tiene,
con la bala que usté elija
¡yo le mato nikó al duende...!
Pan y trabajo
Hyakujo, un maestro Zen, acostumbraba trabajar con sus discípulos aún teniendo ochenta años; cortando el pasto del jardín, limpiando el suelo y podando los árboles.
Los discípulos sentían pena al ver trabajar tan arduamente al anciano maestro, pero ellos sabían que él no escucharía sus consejos de dejar de hacerlo. Entonces resolvieron esconder sus herramientas. Aquél día el maestro no comió. Lo mismo ocurrió el día siguiente, y el otro.
Debe estar enojado porque hemos escondido sus herramientas. -pensaron los discípulos- Es mejor que las coloquemos nuevamente en su lugar.
El día que ellos lo hicieron, el maestro trabajó y comió como antes.
Por la noche simplemente los instruyó diciendo:
"Si no hay trabajo, no hay comida".
todavía
No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría
palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo
tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto
nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa
sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía
pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro
y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido
y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.
del muy querido Mario Benedetti.
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría
palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo
tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto
nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa
sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía
pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro
y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido
y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.
del muy querido Mario Benedetti.
a ventura (uno de alejandra pizarnik)
La última inocencia
Partir
en cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.
He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.
He de partir
Pero arremete ¡viajera!
Alejandra Pizarnik
Partir
en cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.
He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.
He de partir
Pero arremete ¡viajera!
Alejandra Pizarnik
Jaculatoria
No te mueras todavía.
Tu tristeza a mí me salva
lo mismo que tu alegría.
Malva al alba,
amarillo al mediodía
y a la noche otra vez malva.
No te mueras todavía.
No tienes un color fiel,
te van todos los colores
de la gama.
Ocre si estás en la cama,
verde si estás en la hiel,
gris acero si cruel,
azul negro en la porfía
y colorado en la llama
de fiesta y de rebeldía.
Que no te cuelguen cartel,
no te mueras todavía.
Echa tus tonos al día
como a una hoguera y confía,
que lo que arde no se pierde.
Me caliento en tus colores.
Aún te quedan resplandores
de naranja y ya eres verde
con una estría de rojo
y de turquesa otra estría.
Tu confusión es la mía
y en mi espejo la recojo.
No te mueras todavía.
Ni te quedes condenado
sólo al blanco o al morado,
ni te vuelvas transparente,
tan simple y desustanciado
como te quiere la gente.
Tú engrosa el caldo del día
que aún hay quien oye y quien siente
lo pasado y lo presente.
No te mueras todavía.
Y en tiempo de incertidumbre
arde también en su lumbre,
tan exenta de color
que corroe los que había.
No caigas en la costumbre
de inventar vida y amor
si el almacén se vacía.
A pie quieto en el terror,
a solas en la agonía
y aun cuando nada te alumbre,
no te mueras todavía.
Carmen Martín Gaite
Tu tristeza a mí me salva
lo mismo que tu alegría.
Malva al alba,
amarillo al mediodía
y a la noche otra vez malva.
No te mueras todavía.
No tienes un color fiel,
te van todos los colores
de la gama.
Ocre si estás en la cama,
verde si estás en la hiel,
gris acero si cruel,
azul negro en la porfía
y colorado en la llama
de fiesta y de rebeldía.
Que no te cuelguen cartel,
no te mueras todavía.
Echa tus tonos al día
como a una hoguera y confía,
que lo que arde no se pierde.
Me caliento en tus colores.
Aún te quedan resplandores
de naranja y ya eres verde
con una estría de rojo
y de turquesa otra estría.
Tu confusión es la mía
y en mi espejo la recojo.
No te mueras todavía.
Ni te quedes condenado
sólo al blanco o al morado,
ni te vuelvas transparente,
tan simple y desustanciado
como te quiere la gente.
Tú engrosa el caldo del día
que aún hay quien oye y quien siente
lo pasado y lo presente.
No te mueras todavía.
Y en tiempo de incertidumbre
arde también en su lumbre,
tan exenta de color
que corroe los que había.
No caigas en la costumbre
de inventar vida y amor
si el almacén se vacía.
A pie quieto en el terror,
a solas en la agonía
y aun cuando nada te alumbre,
no te mueras todavía.
Carmen Martín Gaite
las pequeñas salvaciones
El jardín
Flores azules, rojas, amarillas
-allá, detrás de las rocas-
forman con el viento
un río de susurros transparentes.
Inclina la cabeza:
cuando estés por caer, arrasado,
busca el susurro de los pétalos húmedos.
Marcelo Pichon Riviére
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