En esta noche, en este mundo
A Martha Isabel Moia
en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerta
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua natal castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la re-surrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe
no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible
...los tres elementos que nos componen: cuerpo, palabra y mente. Sogyal Rimpoché Libro tibetano de la vida y de la muerte.
Los descansos - Mujeres que corren con los lobos
Los descansos son símbolos que conmemoran una muerte. Allí mismo, justo en aquel lugar, el viaje de alguien por la vida se interrumpió inesperadamente. Hubo un accidente de tráfico o alguien que caminaba por el camino murió de insolación o se produjo una reyerta. Ocurrió algo que alteró para siempre la vida de aquella persona y la de otros.
Las mujeres han muerto mil muertes antes de cumplir los veinte años. Han ido en esta dirección y en aquella y se han quedado aisladas. Han tenido sueños y esperanzas que también se han truncado. Cualquier mujer que diga lo contrario es que está todavía dormida. Todo eso justifica la existencia de los descansos.
A pesar de que todas estas cosas fortalecen los procesos de individuación y diferenciación, la maduración y el desarrollo exterior, el florecimiento, el despertar y la conciencia, son también unas grandes tragedias y como tales se tienen que lamentar.
(…) A continuación, la invito a hacer descansos, a sentarse con el itinerario de su vida y a preguntarse “¿Dónde están las cruces? ¿Dónde están los lugares que hay que recordar, los que hay que bendecir?”. Todos ellos tienen unos significados que se han incorporado a su vida actual. Hay que recordarlos, pero hay que olvidarlos al mismo tiempo. Para eso hace falta tiempo. Y paciencia.
(…) La de los descansos es una práctica conciente que honra a los muertos huérfanos de la psique, se compadece de ellos y les da finalmente sepultura.
Debemos ser amables con nosotras mismas y dar descanso a los aspectos de nuestra persona que se dirigían a algún lugar pero jamás llegaron a él. Los descansos marcan el lugar de la muerte, los momentos oscuros, pero son también billetes amorosos para el propio sufrimiento. Son transformativos. Nunca insistiré demasiado en la conveniencia de clavar las cosas en la tierra para que no nos sigan dondequiera que vayamos. Nunca insistiré demasiado en la conveniencia de enterrarlas.
C. Pinkola Estes
Viviendo allí, por Erica Jong
Viviendo allí
(en la casa de mi abuela)
Te penetramos como a una casa
agitando
las cortinas blancas.
En la cocina
con su antiguo aroma a guiso de carne,
entre las latas de té,
los armarios con olor a lavanda
e hileras apiladas de jabón rosado,
cajas de algodón en rama
y bordados inacabados,
dijimos
cómo nos gustaría ser habitados
después de muertos.
Luego empezamos a tomar tu lugar,
filtrándonos como agua de roca,
cambiando tu viejo orden,
defendiéndonos
con nuestros propios olores.
(Me serví café exprés
con tu cafetera.
Colgué cortinas negras
en tu cuarto de baño.)
A veces,
regresando inesperadamente a casa
te descubrí,
tu mejilla tan suave como hojas de sauce,
sacudiendo la cabeza,
negando
el cáncer que te devoraba.
Conocía
tu fantasma como a mi propio deseo
y no estaba asustada,
pero tú
no quisiste quedarte.
Ahora, defendidos por nuestros muros de libros,
cuadros que no hubieras aprobado
y comidas que no hubieras probado,
nos encontramos
finalmente solos.
Ayer
visitamos tu tumba.
Estabas toda allí.
(en la casa de mi abuela)
Te penetramos como a una casa
agitando
las cortinas blancas.
En la cocina
con su antiguo aroma a guiso de carne,
entre las latas de té,
los armarios con olor a lavanda
e hileras apiladas de jabón rosado,
cajas de algodón en rama
y bordados inacabados,
dijimos
cómo nos gustaría ser habitados
después de muertos.
Luego empezamos a tomar tu lugar,
filtrándonos como agua de roca,
cambiando tu viejo orden,
defendiéndonos
con nuestros propios olores.
(Me serví café exprés
con tu cafetera.
Colgué cortinas negras
en tu cuarto de baño.)
A veces,
regresando inesperadamente a casa
te descubrí,
tu mejilla tan suave como hojas de sauce,
sacudiendo la cabeza,
negando
el cáncer que te devoraba.
Conocía
tu fantasma como a mi propio deseo
y no estaba asustada,
pero tú
no quisiste quedarte.
Ahora, defendidos por nuestros muros de libros,
cuadros que no hubieras aprobado
y comidas que no hubieras probado,
nos encontramos
finalmente solos.
Ayer
visitamos tu tumba.
Estabas toda allí.
Erica Jong (sobre las cebollas)
Pienso otra vez en la cebolla, con sus dos bocas como oes, como hoyos abiertos en la nada. En la piel exterior, de un marrón sonrosado, que mondada descubre una esfera verdosa, calva como un planeta muerto, versátil como el vidrio, de olor casi animal.
Medito en su habilidad de escudriñarse, despellejándose a sí misma, capa tras, en busca de su corazón que es simplemente otra región de su piel, pero más profunda, más verde. Recuerdo a Peer Gynt: medito sobre su corazón a veces doble. Luego pienso en la desesperación, cuando la cebolla busca su alma y encuentra sólo sus diversas pieles; y pienso en el seco manojo de infructíferas raíces, y en el ombligo abrasado, desechado en el jardín.
No virtuosa como la papa proletaria, no una sirena como la manzana. No exhibicionista como el plátano. Sino una modesta, desdibujada verdura, inquisidora, introspectiva, pelándose hasta la desaparición, o simplemente generando halos como las ondas de un lago. La considero la eterna forastera, el segundón de la familia, la triste psicoanalizada del reino vegetal. Glorificada sólo en Francia (en otras partes, sólo silencioso pilar de sopas y guisados), nadie la ama por sí misma: ¿no es extraño que nos arranque lágrimas? Luego vuelvo a pensar cómo su piel exterior se parece al papel, cómo alma y piel son sólo una, cómo cada capa sustraída lleva un corazón que a su vez se hace piel.
Medito en su habilidad de escudriñarse, despellejándose a sí misma, capa tras, en busca de su corazón que es simplemente otra región de su piel, pero más profunda, más verde. Recuerdo a Peer Gynt: medito sobre su corazón a veces doble. Luego pienso en la desesperación, cuando la cebolla busca su alma y encuentra sólo sus diversas pieles; y pienso en el seco manojo de infructíferas raíces, y en el ombligo abrasado, desechado en el jardín.
No virtuosa como la papa proletaria, no una sirena como la manzana. No exhibicionista como el plátano. Sino una modesta, desdibujada verdura, inquisidora, introspectiva, pelándose hasta la desaparición, o simplemente generando halos como las ondas de un lago. La considero la eterna forastera, el segundón de la familia, la triste psicoanalizada del reino vegetal. Glorificada sólo en Francia (en otras partes, sólo silencioso pilar de sopas y guisados), nadie la ama por sí misma: ¿no es extraño que nos arranque lágrimas? Luego vuelvo a pensar cómo su piel exterior se parece al papel, cómo alma y piel son sólo una, cómo cada capa sustraída lleva un corazón que a su vez se hace piel.
El gran Paco
Amarla es difícil
Es buena, cuando duerme;
el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio
que remonta los sueños.
Cuando calla, es buena
y su voz una premonición olvidada y peligrosa
que arruina el silencio.
Cuando grita o llora
o se lamenta o se divierte o se cansa,
nada puede contener
este dolor alegre que envenena
mis sueños y mi soledad.
Por eso es difícil pensar
en ella, en su cara bondadosa;
abandonarse; por eso
es una cobardía retenerla
y dejarla ir, una pavorosa crueldad.
A veces, cuando lo pienso,
no sé qué hacer con ella,
con este destino luminoso.
Paco Urondo.
Es buena, cuando duerme;
el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio
que remonta los sueños.
Cuando calla, es buena
y su voz una premonición olvidada y peligrosa
que arruina el silencio.
Cuando grita o llora
o se lamenta o se divierte o se cansa,
nada puede contener
este dolor alegre que envenena
mis sueños y mi soledad.
Por eso es difícil pensar
en ella, en su cara bondadosa;
abandonarse; por eso
es una cobardía retenerla
y dejarla ir, una pavorosa crueldad.
A veces, cuando lo pienso,
no sé qué hacer con ella,
con este destino luminoso.
Paco Urondo.
Si me puedes mirar, de Olga Orozco
Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre: tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda entre las galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.
Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el más imposible de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo por no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo en que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta,
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre: tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda entre las galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.
Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz de revivir en el más imposible de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo por no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo en que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta,
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.
las enamoradas de siempre (temporal)
Ramas desnudas
Mientras miro el mal tiempo
que muestra el ventanal
caen las ramas desnudas
que no tiemblan como vos.
No fue bueno verte de nuevo
(no debió haber pasado nunca)
lo que mejor te sale es provocar
Fueron un par de días
volvimos a fingir
que estábamos felices
de desearnos otra vez
Vos siempre estás enamorada
de lo que intentás destruir
Dejás la luz prendida para dormir
No veo muy gracioso
ir perdiendo el humor
Es un don doloroso, amor
tu sonrisa esta vez
Pelusa muerta en los bolsillos
y treinta y cinco mangos sucios
de miedo y autoencierro loco
oh no, oh no, oh no!
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